Es la primera voz que oímos. Las primeras palabras, la ideología vienen de la voz de la madre. A través de ella el ser humano aprende a hablar, a escuchar, a andar, a comer. ¿Hay acaso voz más importante para un niño que la voz de la madre? Esa voz constituye al niño primordialmente hasta que otras voces entran entre el niño y la madre. Voz del padre y del mundo para que el niño tenga en su mente algo más que la voz de la madre. Ella ejerce un poder sobre el niño, que ella sabe. Si no deja que otras voces entren, el niño sólo escuchará su voz. Voces del exterior que no son la voz interna de ella. Voces necesarias para el enriquecimiento del niño para no agotarse en las mismas frases, las mismas palabras durante toda su vida, para que su inteligencia sea algo más que la voz materna. El adolescente, el hombre joven y el hombre maduro, compara toda frase o pensamiento externo con la voz inconsciente de la madre. Hay siempre una comparación entre lo nuevo con lo escuchado o conocido de ella. Y dependiendo cómo halla sido la incorporación de la voz del padre ( sería lo mismo decir cualquier voz que venga del mundo ) escucharemos al mundo, creceremos. Dejaremos que otros pensamientos enriquezcan nuestro psiquismo. Hemos estudiado que toda dificultad al crecimiento del adulto o toda detención en el aprendizaje del niño tiene que ver con no poder incorporar, incluir, sumar otras voces y ello es debido a un sometimiento a una única voz: la materna. Aquello que rechazamos, que no podemos incluir como diferente a nuestra manera de pensar, debe pensarse desde el sometimiento a una sola voz interna.Cuando el ser humano tiene inseguridad, falta de autoestima, incapacidad para afrontar nuevas tareas, problemas en la comunicación con la pareja o el mundo, es porque no puede incluir otras voces. No puede dejar de oír la voz interna de una madre que firmó con la supuesta verdad de su palabra, la sentencia de muerte de su hijo. MIGUEL MARTINEZ
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domingo, 1 de noviembre de 2015
domingo, 14 de junio de 2015
¿POR QUÉ SOMOS INTOLERANTES?
Para entender la intolerancia que
sentimos hacia las personas, debemos remontarnos a los orígenes de la formación
del aparato psíquico. Freud nos dice que a las personas las vemos como rivales,
compañeros u objetos amorosos.
El niño cuando nace, debido a su
prematuridad, depende absolutamente de la figura materna, siendo esta quien le
cuida hasta el extremo de evitar que muera. Es evidente que esta relación de
dependencia extrema con la madre, genera
en la mente del niño un sentimiento de posesión que luego observamos en calidad
de celos cuando aparecen en escena la
figura del padre o de los hermanos.
Estos celos en el niño son la causa de
sentir al padre o a los hermanos con rivales. Se ha dado cuenta que ya no está
solo y que a parte de él, la madre tiene otros intereses como son el padre u
otros hermanos.
Los celos en el adulto, no dejan de ser
una expresión de los celos infantiles. El sentimiento de posesión hacia las
personas no deja de ser la manifestación del sentimiento de posesión
inconsciente que se tiene hacia la madre. De ahí, que la intolerancia a los
otros viene cuando los vemos como rivales o simplemente como diferente a
nosotros.
Tolerar que el otro es diferente a mi y
yo soy diferente al otro, es aceptar que a parte de la madre, hay padre,
hermanos y mundo. Hasta que no nos psicoanalicemos, no sabremos las
consecuencias que ha tenido sobre nosotros ese momento crucial de los celos
donde de niños sentimos al padre, al mundo como causantes o responsables de una
separación no deseada. El malestar, el enfado, la irritabilidad en el carácter
de muchas personas que viven enfrentadas al mundo, donde todo lo viven como
atentados personales, no deja de ser la manifestación de algo que se nos repite
pero que no logramos recordar. Hablamos de la existencia de deseos
inconscientes que aun queriendo satisfacerlos, sabemos que no podemos. La
intolerancia tiene que ver con la no aceptación. Intolerante es aquel que no
sabe ceder ante lo que le conviene. No se trata de decir ni que sí a todo ni
ceder. En todo caso sería quedarnos con las virtudes de los otros en vez de lo
neurótico que tiene. Neuróticos somos todos, entendiendo por tal aquellas
partes del carácter de la personalidad que nos genera malestar y que no nos
hace sentirnos cómodos frente al mundo ni frente a nosotros mismos.
Para tolerar al otro, primero tengo que
renunciar a mi egoísmo personal. Y una vez renunciado, entro en la circulación
general. Si entendemos que el hombre posee un instinto gregario, que le lleva a
agruparse con otros, tolerar a las
personas sería del orden de hacerme tolerar a los otros. Si mi carácter es
egoísta, soberbio, incapaz de ceder, etc… difícilmente me haré tolerar a los
otros. Y una persona intolerante consigo misma, genera intolerancia en lo
otros. Funcionamos como si fuéramos un espejo. Lo que proyecto es lo que soy y
la respuesta de los otros hacia mi forma de ser, no deja de ser la proyección
de los aspectos neuróticos de mi manera de ser sobre el mundo.
domingo, 15 de marzo de 2015
SENTIMIENTOS NEGATIVOS HACIA LA MADRE
Absolutamente todas las reacciones
emocionales que tenemos hacia las personas guardan relación con la primitiva
relación materna. Cuando hablamos de la relación madre-hijo, hablamos de un
binomio que dura y perdura toda la vida en calidad de deuda simbólica. Ya hemos
dicho en otros artículos que el niño, por su inmadurez natal, si alguien no se
ocupara de él, moriría. La persona que habitualmente evita ese desenlace fatal,
es la figura materna, de ahí que todos sabemos del deseo y del amor de ella
porque vivamos. Estos produce una dependencia, una unión de la cuál cuesta independizarse. La primitiva relación
con la madre, tanto para el varón como para la hembra, es una relación pasiva,
en tanto la posición es de recibir. Esta posición es determinante en la vida
adulta y sin un ejercicio de otra posición más activa, puede llevarnos a ser
unos “amantes de la espera”, en el sentido de esperar a que la cosas vengan a
nosotros, en vez de nosotros ir a por ellas. Simpática concepción de lo activo
y pasivo pero a su vez fatalista pues puede llevar a muchas personas a “dejarse
llevar por la vida”. Este primitivo amor pasivo hacia la madre, se altera con
la aparición de la figura paterna y de los hermanos. Los celos hacen su estrago
en el niño y ahí se rompe parte del encanto con ella, pasando del amor, a los
celos, al odio o la envidia. El descubrimiento que la madre tiene relaciones
con el padre, termina de aniquilar el amor que hacia la misma se siente pasando
al odio, al rechazo, al deseo, dentro de toda la gama de afectos o sentimientos
humanos. Siempre que hay una relación tormentosa hacia la madre, cuando es por
parte del varón, deben se analizados los celos infantiles en relación a la
figura de los hermanos o del padre. En el caso de la niña, a parte de los
celos, puede también estar en juego la envidia o la rivalidad hacia la misma
cuando está se ha identificado a la
madre en el amor hacia su padre. Toda rivalidad, pelea, rechazo de la mujer
hacia su madre, debe ser analizado y leído desde estos afectos infantiles que
invaden la mente adulta y perduran en calidad de malestar hacia la figura de la
madre toda la vida.
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