domingo, 14 de junio de 2015

¿POR QUÉ SOMOS INTOLERANTES?



Para entender la intolerancia que sentimos hacia las personas, debemos remontarnos a los orígenes de la formación del aparato psíquico. Freud nos dice que a las personas las vemos como rivales, compañeros u objetos amorosos.
El niño cuando nace, debido a su prematuridad, depende absolutamente de la figura materna, siendo esta quien le cuida hasta el extremo de evitar que muera. Es evidente que esta relación de dependencia extrema con la madre,  genera en la mente del niño un sentimiento de posesión que luego observamos en calidad de celos  cuando aparecen en escena la figura del padre o de los hermanos.
Estos celos en el niño son la causa de sentir al padre o a los hermanos con rivales. Se ha dado cuenta que ya no está solo y que a parte de él, la madre tiene otros intereses como son el padre u otros hermanos.
Los celos en el adulto, no dejan de ser una expresión de los celos infantiles. El sentimiento de posesión hacia las personas no deja de ser la manifestación del sentimiento de posesión inconsciente que se tiene hacia la madre. De ahí, que la intolerancia a los otros viene cuando los vemos como rivales o simplemente como diferente a nosotros.
Tolerar que el otro es diferente a mi y yo soy diferente al otro, es aceptar que a parte de la madre, hay padre, hermanos y mundo. Hasta que no nos psicoanalicemos, no sabremos las consecuencias que ha tenido sobre nosotros ese momento crucial de los celos donde de niños sentimos al padre, al mundo como causantes o responsables de una separación no deseada. El malestar, el enfado, la irritabilidad en el carácter de muchas personas que viven enfrentadas al mundo, donde todo lo viven como atentados personales, no deja de ser la manifestación de algo que se nos repite pero que no logramos recordar. Hablamos de la existencia de deseos inconscientes que aun queriendo satisfacerlos, sabemos que no podemos. La intolerancia tiene que ver con la no aceptación. Intolerante es aquel que no sabe ceder ante lo que le conviene. No se trata de decir ni que sí a todo ni ceder. En todo caso sería quedarnos con las virtudes de los otros en vez de lo neurótico que tiene. Neuróticos somos todos, entendiendo por tal aquellas partes del carácter de la personalidad que nos genera malestar y que no nos hace sentirnos cómodos frente al mundo ni frente a nosotros mismos.

Para tolerar al otro, primero tengo que renunciar a mi egoísmo personal. Y una vez renunciado, entro en la circulación general. Si entendemos que el hombre posee un instinto gregario, que le lleva a agruparse  con otros, tolerar a las personas sería del orden de hacerme tolerar a los otros. Si mi carácter es egoísta, soberbio, incapaz de ceder, etc… difícilmente me haré tolerar a los otros. Y una persona intolerante consigo misma, genera intolerancia en lo otros. Funcionamos como si fuéramos un espejo. Lo que proyecto es lo que soy y la respuesta de los otros hacia mi forma de ser, no deja de ser la proyección de los aspectos neuróticos de mi manera de ser sobre el mundo.